iDios
La muerte de Steve Jobs me pilla leyendo Un mundo feliz de Aldous Huxley. La novela describe una sociedad futurista cuyo calendario se rige por la creación del primer coche Ford T (1908), contando los años a.F. (antes de Ford) y d.F. (después de Ford).
Lo mismo que me pasa con el automóvil, me pasa con el resto de tecnologías, que ni me van ni me vienen. Pero lo importante no son los productos en sí, sino su influencia en la sociedad. Hoy es de lo más normal pasar la mayor parte del día delante de una pantalla. Pensad en ello. Si no hubiese existido un Steve Jobs puede que ahora estuviésemos jugando al golf de obstáculos o yendo al cine sensorial, tan contentos.
Aunque lo parezca, no quiero dar una visión negativa de Jobs. Pero sí me preocupa que se le endiose, como ocurre con Ford en el libro. Idealizar al creador del Mac solo nos sirve para verlo como alguien sobrenatural que consiguió cosas imposibles. En dos días tenemos cuatro evangelios escritos y las Apple Stores llenas de gente que enciende velas para aprobar el carnet de conducir, y no se trata de eso.
Jobs era un ser terrenal. Pero que creía en sus ideas y las llevaba a cabo, nada más. Lo que nos enseñó es que no debemos renunciar a nuestros sueños aunque no encajen con lo preestablecido. Él fue a contracorriente, creando productos para las personas y no para los mercados, para los soñadores y no para los que tienen que llegar a fin de mes, para gente inteligente y no para la masa. No nos quedemos con lo mejor de Jobs, quedémonos con lo mejor de nosotros mismos.
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