Skip to content

Según valía

18/09/2017

Busco a un chico, preferiblemente moreno, no muy alto, de entre 30 y 40 años con, al menos, 5 años de experiencia demostrable en relaciones sentimentales satisfactorias.

Capaz de aportar humor, fantasía y chispa a la relación, con grandes habilidades comunicativas y amatorias. Indispensable conocimientos prácticos de cunnilingus nivel avanzado. BDSM es un plus.

Apasionado, responsable, con iniciativa, capaz de llevar a cabo tanto planes en pareja como actividades de forma independiente.

Se valorará vehículo propio.

Absténganse gamers y futboleros empedernidos.

Ofrezco:
-relación presencial a tiempo parcial y horario flexible
-3 meses de prueba con posibilidades de contrato indefinido
-cariño competitivo, según valía del candidato

Advertisements

Vacas funcionais

22/10/2016

O gandeiro o que busca é unha vaca rendible: aquela que produce moito leite, durante moitos anos e con poucos problemas. Polo tanto, a vaca que se está a buscar é unha vaca funcional.

As vacas hoxe son como a versión 6 do iPhone. Son meros produtos obsolescentes que a xenética vai modificando ó antollo do mercado. O único que importa é que rendan. 9000 litros de leite pode dar unha vaca ó longo da súa vida. Porque a vida dunha vaca remata cando deixa de producir. E mentres vive todo é controlado. Os meses que pasan ata que esa vaca se considera adulta. O tempo que pasa entre un parto e o seguinte. O tamaño das súas ubres. A forma das súas patas. O seu rabo. As súas manchas. O tipo de leite que dá, con máis ou menos graxa. Control leiteiro que se chama. Dá medo.

Controlamos absolutamente todo do animal e chamámoslle desenvolvemento. Tranquilamente, consumimos os seus produtos como se quen os xerase non fose un ser vivo, senón unha máquina.

Volvan a cita de arriba. Onde di gandeiro poñan empresario. Onde di vaca poñan traballador.

 

agorafobia

17/01/2016

Podes erguerte da cadeira con tódalas túas forzas e percorrer o corredor da túa casa con paso firme, sorrirlle ó espello e pensar que hoxe si. Hoxe será o teu día.

Pero non te atreves a cruza-lo limiar.

Todo o que terías que facer agora, dáche medo. Vives nun pánico absoluto ata que tes sempre a mesma idea. Brillante. Mañá fareino. E sabes que mañá non existe, que só existe agora, pero agora xa é demasiado tarde.

Antes soñabas

14/01/2016

Antes soñabas con viaxar a NY, con vivir en Shangai ou escribir un libro.

Antes soñabas con ir a un concerto de Marlango e levar un vestido máis bonito que o de Leonor Watling e os beizos máis vermellos.

Soñabas con pasar tres días de festival, borracha.

Moito antes, soñabas con que te entrevistasen en Lo + plus.

Soñabas con ter un traballo soñado, con sentirte orgullosa do que facías.

Soñabas con ter un bo sitio onde tender a roupa.

Soñabas con andar sempre ben peiteada.

Soñabas con tomarte un cóctel nunha azotea.

Soñabas con ter longas conversas existencias con bos amigos.

Soñabas con vestirte como a de 500 días juntos.

Soñabas con convidar a tódolos teus amigos a unha gran festa e con que te convidasen a unha festa cool nun iate.

Soñabas con pagarlle unha operación de tetas á túa nai e coa depilación definitiva.

Soñabas cun verán, todo un verán, nunha casiña branca dunha illa grega.

Soñabas cunha clase ateigada de mentes espertas que te escoitaban.

Soñabas co teu propio programa de televisión ou poida que fora de radio ou unha revista.

Soñabas cun pequeno apartamento no centro, de aluguer, pero que non compartías con ninguén.

Soñabas con erguerte cedo os sábados, ir á praza, mercar produtos frescos, facer un bo xantar e compartilo coas persoas coas que che apetecera.

Soñabas con adoptar unha nena chinesa, con mandala todo o verán á casa dos seus avós e con que túa nai lle aprendera a coser.

Soñabas con ir a clases de piano e con falar unha nova lingua.

Soñabas parvadas.

Pero soñabas.

Ya no sé si seguimos siendo amigas

11/01/2016

Y si no lo sé, probablemente es que ya no lo seamos.

Me estaba preguntando si podía preguntarte a dónde te ibas, y con quién y hasta cuándo. Y no es que yo nunca haya sido de preguntar. Y no es que quiera averiguarlo. Pero no me siento libre de hacerlo. Ya no sé nada de ti. Ni de tu vida. Con qué derecho te puedo pedir más detalles.

Y si ahora me lo pregunto. Y si ahora ya no me atrevo a hacerte preguntas, es porque lo he dejado pasar. Porque no me he sentado a  hablar contigo, no he encontrado el momento, estaba liada, tenía prisa, no me apetecía hablar, no me apetecía quedar, modo pijama on- irreversible.

No esperaba que me pasara esto. Tenía tanta confianza en nuestra amistad que pensaba que duraría para siempre. Y si dura para siempre, ¿para qué vamos a vernos hoy si ya nos veremos mañana? Y, como he leído o he visto hace poco, nuestro cerebro es capaz de hacer previsiones, pero siempre le parece que las cosas van a suceder más despacio de lo que en realidad suceden. Por eso quizás todo vuela siempre. Porque no nos lo esperamos. Esperamos quedar la semana siguiente y cuando nos damos cuenta ya han pasado dos semanas, un mes, un verano, seis meses, años.

Y, claro, después de años quién soy soy para preguntarte con quién te vas de viaje. Soy una amiga de la infancia. Soy un recuerdo. Quizás ni eso.

Quién iba a darse cuenta

12/04/2015

Dos semanas viviendo en la gran ciudad y empezaba a acostumbrarme a las aglomeraciones en el metro. Ahora esquivas a uno, más adelante te chocas con otro, sales a la superficie en medio de un río de gente, sigues una fila interminable, avanzas al ritmo de la multitud, te apretujas con otro para hacer sitio en el vagón, y así, hasta que llegas a tu destino.

Me estaba acostumbrando. Sin embargo, a veces, me seguía sorprendiendo a mí misma con la mirada fija en otras personas. En la gran ciudad mirar a los demás era raro. La gente era capaz de crear un aura de indiferencia a su alrededor, moviéndose entre huecos imaginarios para no cruzar la mirada con nadie, evitando cualquier contacto emocional. El contacto físico era inevitable en horas punta. Podías tener a alguien completamente pegado a tu culo, pero no debía importarte. Para él no eras más que un obstáculo, no había ninguna diferencia entre tu espalda y la barra donde te sujetabas para no caerte.

Los observabas uno tras otro, uno tras otro, uno tras otro y todos ellos llevaban la cabeza baja, como si estuvieran tristes, como si rezaran. Pero iban absortos en sus pantallas. En los chistes fáciles. En las conversaciones vacías.

De vez en cuando alguna persona trataba de interaccionar con el resto. El vagón se convertía en una especie de espectáculo de variedades. A veces ocupado por músicos peruanos que combinaban el genuino sonido de sus flautas con el último éxito de Enrique Iglesias. También había magos, equilibristas con muletas, vendedores ambulantes y monologuistas. Estos últimos eran una tendencia al alza.

El tío llegaba allí, se plantaba en medio del vagón y comenzaba su estudiado pitch. Acojonante. El tono de voz alto pero sensibilizador, modulado desde el estómago. Frases cortas y directas. Llevo dos años en el paro. Palabras clave. Tengo dos hijos. No tenemos para comer. Estamos en la calle. Un mensaje final esperanzador. Las cosas mejorarán, seguro. Duración cronometrada. Lo justo para enternecer y que quede tiempo para recorrer el vagón en busca y captura de alguna moneda antes de la siguiente parada.

Al principio no puedes evitar escuchar con atención estos monólogos. Si te emocionas, pagas. Al fin y al cabo yo también estaba allí, en la gran ciudad, buscándome la vida. Había aceptado un trabajo de comercial y también soltaba mi pitch ante desconocidos. Y me parecía injusto que no me pagasen sueldo mínimo o que las comisiones no fuesen lo suficientemente buenas. Para mí los artistas del metro eran un ejemplo se superación y de lucha y me lo demostraban desde su realidad incómoda.

Un chico empezaba a resultarme familiar. Era habitual de la línea 1, con toda la cara desfigurada, sin dedos y con dificultades en el habla, como si lo hubiesen rociado con un bidón de ácido. Y como todo, impactaba las primeras veces pero después te acostumbrabas. En este caso acostumbrarse era bueno, porque humanizaba a la persona que había detrás de aquel aspecto macabro.

Ayer lo vi más humano que nunca. Su actuación habitual consistía en recorrer los vagones con un vaso con monedas que iba agitando a su paso mientras repetía una y otra vez con ritmo cantarín y comiéndose muchas letras: por favor, una ayuda, no tener manos, no poder trabajar. Pero el otro día, durante la parada, se detuvo entre dos vagones, sacó su smartphone y con una pericia apabullante en una mano sin falanges empezó a teclear. El tren arrancó, guardó el móvil en el bolsillo y prosiguió con su discurso.

Pensé que pararse entre vagón y vagón a revisar las notificaciones del móvil quitaría credibilidad al chico ácido. Su propuesta única de venta, por la cual los demás se compadecen de él y le dan una moneda, es ser más tullido que el resto. Más cojo que el de las muletas, más impedido que el de la deficiencia del 33%, más pobre que la gitana del romero y más solo que el sintecho. Un móvil con gran actividad social resta muchos puntos, me dije. Pero ahora que lo vuelvo a pensar, quién iba a darse cuenta.

Yogur de carajillo

21/02/2015

Uno no llega a un bar y se pide un yogur.

Cuando llegué, él ya estaba allí, de pie junto a la barra, enzarzado entre las páginas de deportes del periódico, ojeando el partido que daban en la tele y tratando de mantener una conversación con el barman que no se dejaba. Se había tomado algo, un café, no sé, cualquier cosa. Entró otro señor y se pidió un vinito, así a golpe de sobremesa tardía. La conversación no se animaba pero el primer señor sí:

—Ponme un… ¿cómo se llama? Un café, así, con coñac.

—¿Un carajillo?

—Sí, eso, eso. Hace tanto que no me tomo uno que ya no recordaba cómo se llamaba. Un carajillo, sí. Pero eso… ¿eso lleva coñac, no?

—¿Quieres un café aromatizado con coñac o un carajillo? Son cosas distintas—. Refunfuñó el camarero.

Quizás ese señor del bar que se aventuró a pedir un carajillo animado por el frío se estaba olvidando de ir a recoger a su nieto, que salía a las 5 de clases de inglés y que siempre recogía su consuegra, que había ido a pasar unos días, como era costumbre, a las Canarias, a secar los huesos y a torrarse al sol con las amigas que tenían al marido enfadado o eran ellas las que estaban enfadadas y querían darle una lección al marido.

RelacionoCosas_yogurmascarajillo

Quizás cuando comenzó a sorber su carajillo con la cucharilla en lugar de beberlo directamente del vaso pensó en que aquello que le estaba calentando el cuerpo se parecía a un yogur, excepto porque los yogures refrescan a uno y le hacen tiritar. Así que el carajillo bien podría ser la merienda de invierno. Y se acordó Luis de que nunca merendaba. O casi nunca. A veces acompañaba a su nieto y tomaba un yogur que estaba a punto de caducar o ya caducado, que ya no valía para darle al pequeño y por no tirarlo se lo comía él. Entonces fue cuando en su cabeza apareció la imagen de su mujer la noche anterior, con el delantal,  la espumadera y el trapo de la cocina en la mano en el umbral de la puerta del salón donde él anotaba los resultados de los partidos, diciéndole:

—Luis, mañana vete a recoger al niño a la salida del colegio. La Asun no está, que se va toda la semana a Tenerife. Sale a las 5. ¿Me has oído, Luis?

—Sí, a las 5.

Luis mira la hora, ve que pasan de las 6. Se altera pero disimula. Se termina el carajillo en tres tragos. Pronuncia un largo «bueeeno», como si se aburriera y como excusa para irse. Pide la cuenta. Paga y se va. Camina despacio hasta doblar la esquina.