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Cuento de viernes

10/01/2011

Me quedé durmiendo, no dormida. El despertador sonó, abrí un poco un ojo, puede que no, silencié el despertador, comprobé que era una hora demasiado prudente para levantarme (en la cama me gusta ser imprudente), pensé en algo alegre (a veces sueño que puedo controlar mis sueños) y remoloneé de cinco en cinco hasta 20 minutos.

Estaba enamorada de mi amiga. No hablaba. Sus ojos, en primar plano, eran igual de grandes, pero más vivos. Brillaban con un punto de tristeza melancólica, como pidiendo auxilio. Ofreciéndo un resquicio de accesibilidad. El que a veces tienen las personas demasiado perfectas. Lo que la hacía especialmente atractiva era precisamente eso, ese punto frágil, humano. El engaño de pensar que podría hacerla feliz. Sentía que la quería, de hecho la quiero.

Me desperté en paz. Conseguí levantarme. Tarde.

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