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El botón de las fotocopias

15/06/2011

Fue allí donde me llamaron señora por primera vez. No sé si antes o después de enterarme de la noticia, el Fary acababa de morir. Era la cola de una copistería, la cola para pagar, donde conocí al chico de las gafas de pasta, de cuando aún no se llevaban. Me dio las fotocopias y llamó a la encargada para que me cobrase.

Tenía unos 35 años mal llevados. Tan mal como su atuendo habitual que consistía en una camisa de cuadros metida por dentro de unos vaqueros de tiro alto. Vestimenta que no encajaba con lo que dictaminaban para esa temporada las tendencias de Inditex y sí con la clase de persona que se pone la ropa que le compra su madre. Iba a currar en bicicleta. Cumplía un estricto horario de 8 de la mañana a 10 de la noche, interrumpido únicamente con el tiempo justo para comer un bocata en la sala de impresoras o, en el mejor de los casos, el Doce Aveiro. Sobra decir que gastaba la mayor parte de su vida entre folios, canutillos y tapas de plástico de distintas durezas.

En el Doce Aveiro, la panadería pastelería que había justo al lado de mi portal (en el lado contrario estaba la copistería), fue donde comenzó nuestra historia. La mía con él, vamos (porque lo que es él conmigo, nunca tuvo nada, que yo sepa). Hablaba tranquilamente, relajado, como nunca le había visto en su puesto de trabajo. Hasta entonces, hubiese jurado que era tartamudo o retrasado. Pero allí parecía otro, protagonizando una conversación, aparentemente, fluida. Incluso interesante, o al menos a mí me lo parecía. No pude evitar mirarle, escuchar lo que decía, intentar ver qué había detrás de aquellos cristales de culo de vaso.

Si fuese hoy, quizás me hubiese acercado. Quizás le hubiese dicho que le invitaba a una cerveza, en otro lugar.

Estaba con Antía, que tomaba café absorta en los anuncios clasificados que tanta gracia nos hacían. Sin darse cuenta de mi pasatiempos, de mi pequeña evasión mental en el que el copistero y yo teníamos una relación bizarra y sudorosa. Entonces empecé a hablarle de lo horrible que me parecía trabajar haciendo fotocopias.

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