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hubo una última vez. la habitación de las plantas

02/09/2012

Cada vez que ibas a esa casa y te colocabas estratégicamente detrás de la cocina de leña, con los deberes y la revista, vivías ese momento. Si entonces hubiese Instagram no habrías hecho ninguna foto. Las castañas asándose, la fuente de patatas a rebosar y tu abuela pelando más, con ese trozo de bolsa de plástico envuelto en el dedo índice y su delantal viejo, sobre el limpio, que a su vez se superponía sobre la bata, que iba encima de una falda, encima de una combinación, encima de un refaixo, encima de una faja, encima de unas medias, encima de unas bragas, encima de una compresa para las pérdidas de orina enganchada con dos imperdibles encima del fondo del mar. Nunca pensaste que era la última vez que estarías leyendo Patente de corso y comiendo las patatas fritas antes de empezar a comer y probando si las castañas estaban asadas. Pero hubo una última vez.

Nadie te pedía explicaciones. Tú te sentabas allí a leer y el mundo seguía su rumbo, acomodándose para ti y el tiempo no pasaba, o eso no era lo importante. Igual te levantabas a poner la mesa si la cosa se demoraba demasiado. No te gustaba, porque los cubiertos no estaban ordenados y cada uno quería las cosas a su manera. Había que seleccionar los platos que estaban en mejores condiciones. Menos para la abuela que quería uno de porcelana, un poco roto, que le prestaba más. Ella ya tenía tenedor y vaso. Tú también tenías vaso, porque ya te habías bebido como dos, repletos de agua fresquita recién traída de la fuente. Pero la fuente que te gustaba era la que estaba junto al río. Y eso ya había sido antes. Y nunca pensaste que harían otra, más cerca, y que algún día dejaría de irse a la primera. Pero hubo una última vez que fuiste a buscar agua a la fuente del río y ni siquiera lo recuerdas.

Echaste de menos el agua. Y cuando volviste a ver el agua correr, bajando las colinas, solo tenías sed, ganas de meter el morro debajo de toda la corriente. De refrescarte, de sentir algo puro, de verdad. Como cuando te sentabas al sol en la solaina y no pasaba nada, solo calentaba el sol indirecto, sin quemar ni broncear. Y metías las piernas entre las rejillas de aluminio enroscado del balcón y pensabas que te podías escurrir y que había riesgo de caerte al gallinero. Y un día se cayó tu muñeca Francisca, y nunca volvió a ser la misma. La recuperaste con la cara picada por las gallinas, sus nuevos hoyuelos no hacían juego con las pintadas de bolígrafo que le hizo tu padrino. Pero aún así, seguías con ella debajo del brazo, eterna compañera, a todas partes. Hasta que se encerró en el armario donde cada vez salía en menos ocasiones. Pero te hiciste mayor y hubo limpieza general. Hubo limpieza general.

Cuando lo viste bajar por las escaleras pensaste que era la última vez. Esperaste desde el marco de la puerta a que desapareciera y lo dejaste ir. Y pensaste, es la última vez, pero no fue la última vez. Cuando algo sucede por última vez, no lo piensas.

Te hiciste mayor, pero no entendías por qué había que dejar de jugar si los juegos son siempre mejores que la realidad. Puedes ser quien tú quieras, y nadie te dirá que estás loco, ni te pedirá responsabilidades, ni retorno de inversión.

Y ahora estás segura de que no volverá a pasar o al menos no volverá a pasar de esa manera. Porque los libros de texto han desaparecido de la faz de la tierra. Y ya no compramos el periódico los domingos. Y si lo sigues comprando solo es por mantener el vínculo con el pasado.

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