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Yogur de carajillo

21/02/2015

Uno no llega a un bar y se pide un yogur.

Cuando llegué, él ya estaba allí, de pie junto a la barra, enzarzado entre las páginas de deportes del periódico, ojeando el partido que daban en la tele y tratando de mantener una conversación con el barman que no se dejaba. Se había tomado algo, un café, no sé, cualquier cosa. Entró otro señor y se pidió un vinito, así a golpe de sobremesa tardía. La conversación no se animaba pero el primer señor sí:

—Ponme un… ¿cómo se llama? Un café, así, con coñac.

—¿Un carajillo?

—Sí, eso, eso. Hace tanto que no me tomo uno que ya no recordaba cómo se llamaba. Un carajillo, sí. Pero eso… ¿eso lleva coñac, no?

—¿Quieres un café aromatizado con coñac o un carajillo? Son cosas distintas—. Refunfuñó el camarero.

Quizás ese señor del bar que se aventuró a pedir un carajillo animado por el frío se estaba olvidando de ir a recoger a su nieto, que salía a las 5 de clases de inglés y que siempre recogía su consuegra, que había ido a pasar unos días, como era costumbre, a las Canarias, a secar los huesos y a torrarse al sol con las amigas que tenían al marido enfadado o eran ellas las que estaban enfadadas y querían darle una lección al marido.

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Quizás cuando comenzó a sorber su carajillo con la cucharilla en lugar de beberlo directamente del vaso pensó en que aquello que le estaba calentando el cuerpo se parecía a un yogur, excepto porque los yogures refrescan a uno y le hacen tiritar. Así que el carajillo bien podría ser la merienda de invierno. Y se acordó Luis de que nunca merendaba. O casi nunca. A veces acompañaba a su nieto y tomaba un yogur que estaba a punto de caducar o ya caducado, que ya no valía para darle al pequeño y por no tirarlo se lo comía él. Entonces fue cuando en su cabeza apareció la imagen de su mujer la noche anterior, con el delantal,  la espumadera y el trapo de la cocina en la mano en el umbral de la puerta del salón donde él anotaba los resultados de los partidos, diciéndole:

—Luis, mañana vete a recoger al niño a la salida del colegio. La Asun no está, que se va toda la semana a Tenerife. Sale a las 5. ¿Me has oído, Luis?

—Sí, a las 5.

Luis mira la hora, ve que pasan de las 6. Se altera pero disimula. Se termina el carajillo en tres tragos. Pronuncia un largo «bueeeno», como si se aburriera y como excusa para irse. Pide la cuenta. Paga y se va. Camina despacio hasta doblar la esquina.

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