Saltar ao contido

Quién iba a darse cuenta

12/04/2015

Dos semanas viviendo en la gran ciudad y empezaba a acostumbrarme a las aglomeraciones en el metro. Ahora esquivas a uno, más adelante te chocas con otro, sales a la superficie en medio de un río de gente, sigues una fila interminable, avanzas al ritmo de la multitud, te apretujas con otro para hacer sitio en el vagón, y así, hasta que llegas a tu destino.

Me estaba acostumbrando. Sin embargo, a veces, me seguía sorprendiendo a mí misma con la mirada fija en otras personas. En la gran ciudad mirar a los demás era raro. La gente era capaz de crear un aura de indiferencia a su alrededor, moviéndose entre huecos imaginarios para no cruzar la mirada con nadie, evitando cualquier contacto emocional. El contacto físico era inevitable en horas punta. Podías tener a alguien completamente pegado a tu culo, pero no debía importarte. Para él no eras más que un obstáculo, no había ninguna diferencia entre tu espalda y la barra donde te sujetabas para no caerte.

Los observabas uno tras otro, uno tras otro, uno tras otro y todos ellos llevaban la cabeza baja, como si estuvieran tristes, como si rezaran. Pero iban absortos en sus pantallas. En los chistes fáciles. En las conversaciones vacías.

De vez en cuando alguna persona trataba de interaccionar con el resto. El vagón se convertía en una especie de espectáculo de variedades. A veces ocupado por músicos peruanos que combinaban el genuino sonido de sus flautas con el último éxito de Enrique Iglesias. También había magos, equilibristas con muletas, vendedores ambulantes y monologuistas. Estos últimos eran una tendencia al alza.

El tío llegaba allí, se plantaba en medio del vagón y comenzaba su estudiado pitch. Acojonante. El tono de voz alto pero sensibilizador, modulado desde el estómago. Frases cortas y directas. Llevo dos años en el paro. Palabras clave. Tengo dos hijos. No tenemos para comer. Estamos en la calle. Un mensaje final esperanzador. Las cosas mejorarán, seguro. Duración cronometrada. Lo justo para enternecer y que quede tiempo para recorrer el vagón en busca y captura de alguna moneda antes de la siguiente parada.

Al principio no puedes evitar escuchar con atención estos monólogos. Si te emocionas, pagas. Al fin y al cabo yo también estaba allí, en la gran ciudad, buscándome la vida. Había aceptado un trabajo de comercial y también soltaba mi pitch ante desconocidos. Y me parecía injusto que no me pagasen sueldo mínimo o que las comisiones no fuesen lo suficientemente buenas. Para mí los artistas del metro eran un ejemplo se superación y de lucha y me lo demostraban desde su realidad incómoda.

Un chico empezaba a resultarme familiar. Era habitual de la línea 1, con toda la cara desfigurada, sin dedos y con dificultades en el habla, como si lo hubiesen rociado con un bidón de ácido. Y como todo, impactaba las primeras veces pero después te acostumbrabas. En este caso acostumbrarse era bueno, porque humanizaba a la persona que había detrás de aquel aspecto macabro.

Ayer lo vi más humano que nunca. Su actuación habitual consistía en recorrer los vagones con un vaso con monedas que iba agitando a su paso mientras repetía una y otra vez con ritmo cantarín y comiéndose muchas letras: por favor, una ayuda, no tener manos, no poder trabajar. Pero el otro día, durante la parada, se detuvo entre dos vagones, sacó su smartphone y con una pericia apabullante en una mano sin falanges empezó a teclear. El tren arrancó, guardó el móvil en el bolsillo y prosiguió con su discurso.

Pensé que pararse entre vagón y vagón a revisar las notificaciones del móvil quitaría credibilidad al chico ácido. Su propuesta única de venta, por la cual los demás se compadecen de él y le dan una moneda, es ser más tullido que el resto. Más cojo que el de las muletas, más impedido que el de la deficiencia del 33%, más pobre que la gitana del romero y más solo que el sintecho. Un móvil con gran actividad social resta muchos puntos, me dije. Pero ahora que lo vuelvo a pensar, quién iba a darse cuenta.

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